La arquitectura siempre ha sido una expresión física y espacial de la sociedad. Así como los grandes monumentos de la antigüedad plasmaban la idiosincrasia y cosmología de su época, los actuales proyectos arquitectónicos son un reflejo de la nuestra. Esto deriva de la necesidad humana de perdurar a su propia existencia, transmitiendo al futuro un trozo de nuestra sociedad en una época determinada. No en vano la sociedad y sus valores cambian, de hecho lo hacen tan rápido que la mayoría de nosotros ha nacido en una época donde la forma de relacionarse y ver el mundo era totalmente distinta a la actual. Los avances tecnológicos y la globalización cultural han cambiado el mundo antes de producirse un relevo generacional. Éste hecho nos pone a todos en una necesidad continua de adaptación al cambio, que por otra parte impide el establecimiento de dogmas, haciendo una sociedad tolerante y abierta a nuevos conceptos. Ha cambiado más el mundo en los últimos veinte años que en los doscientos anteriores y es por ello que casi todas las personas hoy en día han nacido en otra época. Una situación que hace tan solo cincuenta años sólo afectaba a la tercera edad.
Cómo plasmar nuestra época en espacio, hoy en día todo es nuevo, las transiciones históricas son cada vez más rápidas y ya no se puede comprender la forma de proyectar como estilos universales. Ese fue el problema del movimiento Moderno, su universalidad lo destruyó. La particularidad de la arquitectura como expresión de la sociedad que cobija es la clave. Si queremos ser auténticos no podemos abstraernos totalmente de la sociedad y proyectar de forma matemática. Las sociedades como conjunto son sentimentales, no racionales por ello el verdadero valor de la arquitectura es la autenticidad. Y ésta no es más que la capacidad de los objetos de transmitir sentimientos, es una cualidad del mundo del arte. La sociedad actual tiene sed de autenticidad, casi todos los artículos que nos rodean proceden de un estándar, de un patrón madre y se hacen millones de copias. Las ciudades postmodernas tienen barrios que son indistinguibles y perfectamente intercambiables. Hasta la comida que compramos se procura que entre en estándares únicos de producción. Y aunque esto racionalmente implique el abaratamiento de la mayoría de los bienes en comparación con sus homólogos preindustriales, con el consecuente aumento de la calidad y esperanza de vida, por otra parte ha generado que muchas personas no tengan una conexión con sus raíces culturales como la que tenían nuestros antepasados. Ya no hay dogmas de fé ni ferreas barreras estamentales. Nunca ha habido tanta movilidad social ni se ha alentado tanto al propio desarrollo personal y la búsqueda propia de la felicidad. En definitiva, el excepcional desarrollo en cuanto a libertad personal que hay hoy en día se ha hecho a costa de la seguridad que proporcionaba tener una vida trazada a grandes rasgos y unas tradiciones en las que fijarnos ante la duda de cómo actuar.
La autenticidad viene a calmar esa sensación de orfandad que ha generado el desarraigo de la nueva sociedad naciente. Cuando vemos una obra de arte o un monumento sentimos formar parte de un todo, de una colectividad representada físicamente. Es un tótem de la modernidad, una espiritualidad laica.


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